Marcelo Echevarri
11:47
18/07/17

Crítica de Cine: Baby Driver

Un futuro clásico. Una película en la que hay música en cada plano, en cada fotograma. Una película en que la acción, el diálogo y los movimientos de los personajes se acompasan exactamente con el ritmo de cada canción. Una película de verdad, sin efectos especiales (CGI), tradicional y completamente innovadora. Un reparto de miedo. Un guión inmejorable; tenso, trepidante, gracioso. Un trabajo de cámara soberbio. Un montaje increíble. Y una dirección excelente. Baby Driver. A día de hoy, la mejor película del año.

Crítica de Cine: Baby Driver

Me pongo a buscarle fallos, cosas que sobren o falten, errores en la historia. Lo que sea. Y cuanto más lo intento, más me convenzo de que no podía haber salido mejor. Edgar Wright ha hecho la mejor película de su carrera. Ha cogido toda esa magia, todo eso que hacía de sus películas algo único, cómico, curioso y hasta raro, y lo ha mezclado con todo lo que he mencionado antes. ¿El resultado? Un espectáculo –no ya cinematográfico– sino artístico y vital. Un festín para los sentidos.

No quiero revelar demasiado así que seré breve. Baby (Ansel Elgort) es un joven callado, que conduce como nadie. De pequeño tuvo un accidente y desde entonces le pitan los oídos. Para paliarlo escucha música constantemente. Es el conductor de un grupo de ladrones manejado por Doc (Kevin Spacey), quien organiza el crimen, contrata tres criminales y les mete en el coche de Baby. Y Baby trabaja para él porque cuando era pequeño le hizo una jugada sin saber quien era, desde entonces trabaja con Doc para devolver la deuda que tiene con él. Y después... se supone que después queda libre. Pero ya sabemos cómo acaban estas cosas. Más aún, si conoces a una chica guapa y por ella decides salir de ese mundo de crímenes y riesgos.

Baby necesita su música para conducir; y el mundo gira en torno a su música. Tiene incluso varios iPods, para sus distintos estados de ánimo. A veces parecen ser un eco de lo que sucede en el mundo y a veces parece que el mundo se amolda al estado de ánimo de Baby. En Baby Driver, la música es tan –o más– necesaria e imprescindible como lo es en La La Land.

Podemos tomar cualquier escena de la película. El primer atraco –que además contiene una de las mejores persecuciones en coche que he visto en muchos años–, cuando Baby lleva los cafés al piso franco, cuando preparan uno de los atracos, cuando habla con Debora (Lily James) por primera vez...

Cualquier escena, cualquiera; se amolda perfectamente al ritmo de la música. Y sin embargo, en ningún momento hay un detrimento en la historia, los diálogos o la acción en favor de ella; todo se acompasa con exactitud. Ni falta, ni sobra.

Decenas y decenas de películas de acción en las que hemos visto una canción encajar magníficamente bien, apoyar la escena y elevarla (cualquier película de Tarantino, por ejemplo); pero... ¿cuántas veces hemos visto acción y música en simbiosis completa, historia y ritmo en perfecta armonía, diálogo y compás danzando juntos?

Poco más se puede decir de cosas excelentes. Esta es una película excelente, es una macro-canción increíble, es una obra de arte apoteósica. Es la película más divertida, más entretenida y mejor hecha en lo que llevamos de año (y probablemente ninguna se estrenará que la supere). Así que... lo mejor que podemos hacer es ir al cine a disfrutar de ella; porque una cosa está clara, mucho se arrepentirá el que pierda la oportunidad de ver esta joya en la pantalla grande.

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